Los olivos han abundado  desde muy antiguo.  El abundante cultivo del olivo ha ido desapareciendo poco a poco para dar paso a otros cultivos agrícolas más rentables, sobre todo con la llegada del regadío.
La campaña de recolección de la oliva era larga y muy dura, puesto que ésta tenía lugar en lo más crudo del invierno. Había un refrán muy conocido entre los oliveros que dejaba entrever lo dura que era esta tarea y lo poco que agradaba a sus gentes:
el coger olivas dicen que es vicio,
en la cama estará la que lo dijo.

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La recogida de la oliva solía empezar en el mes de noviembre o diciembre y terminaba a finales de enero y, a veces, bien entrado febrero. Respecto al comienzo de la campaña había otro refrán muy conocido  que decía:
el que coge las olivas antes de Navidad
se deja el aceite en el olivar.
Durante estos meses, no todos los días se podían recoger olivas, pues era muy frecuente que algún día lloviese, nevara o, en definitiva, hiciese mal tiempo.
La poda, que era una labor imprescindible para garantizar la producción, debía hacerse con sumo cuidado y se efectuaba cuando terminaba la cosecha.

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La mayoría de las familias tenían una pequeña parcela de olivos y se bastaban con los de casa para hacer la recolección. No obstante, también las había que tenían grandes superficies y necesitaban contratar peones, acordando previamente el jornal que se les iba a pagar y que en muchos casos consistía en dar a los trabajadores la mitad de las olivas que se habían recolectado.
La recogida de la oliva era normalmente para el consumo familiar y, en los años que la cosecha era abundante, también para vender.

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